EL LIBRO DE MORMÓN

CAPITULO CUATRO


Cuando José Smith, el jovencito de catorce años de edad, emergió del bosque aquella mañana de primavera en 1820, llevaba ya consigo un nuevo conocimiento que, como su abuelo Asael lo predijera, habría de conmover el concepto religioso del mundo. Sabía con certeza que Dios, nuestro Padre Celestial, y Su Hijo Jesucristo, eran seres reales, exaltados y glorificados.

Sabía que eran dos personas separadas y distintas, y no dos diferentes manifestaciones del mismo Dios eterno. Y también sabía que no había entonces una sola iglesia sobre la faz de la tierra que nuestro Padre Celestial y Jesucristo pudieran considerar y, menos aún, aprobar sin reservas.

Pero probablemente lo más importante que el joven José Smith aprendió aquel día en el bosque al cual los miembros de la Iglesia llaman hoy la Arboleda Sagrada, fue que los cielos no están cerrados. Dios no está restringido. Por cierto que no está restringido a los límites que han tratado de imponerle algunas iglesias cristianas.

Ante todos los que dicen que las revelaciones terminaron al morir los apóstoles originales de Cristo y que ya tenemos todas las instrucciones que necesitamos del Señor, las declaraciones de José Smith constituyen un solemne testimonio de que Dios no ha cerrado las puertas a Sus hijos.

Dios nos ama a todos en la actualidad tanto como amó a los que vivieron en la antigüedad, y tiene tanto interés en nuestro bienestar como lo tuvo en el de aquéllos.

¡Cuán reconfortante es esa grata certidumbre en este mundo de confusión y desaliento en que vivimos! La paz y la tranquilidad llenan el corazón de todo aquel que sabe que hay un Dios en los cielos, un Padre Celestial que nos conoce y se interesa por nosotros—individual y colectivamente—y que se comunicará con nosotros, ya sea directamente o por medio de Sus profetas vivientes, conforme a nuestras necesidades.

Por supuesto que ha habido muchas personas que, a través de los tiempos, disfrutaron de la guía y la inspiración espirituales en cuestiones personales. Pero las revelaciones por medio de los profetas habían cesado por largo tiempo y la Iglesia organizada por nuestro Salvador había desaparecido de la tierra.

Al contar José a su familia y a otros la experiencia que había tenido, muchos tuvieron la certeza de que estaba diciendo la verdad y sintieron el mismo consuelo y la misma paz interior. Como ya hemos indicado, los miembros de su familia nunca dudaron en cuanto a la veracidad de su historia y a otros les impresionó asimismo su inocencia y sinceridad.

Pero también hubo quienes se ofendieron ante sus declaraciones, lo ridiculizaron y lo persiguieron por tener la audacia de profesar una comunicación divina. Por lo general, no obstante, la vida de José Smith y su familia continuó sin mayores dificultades por varios años después de aquella manifestación que entre los Santos de los Últimos Días ha llegado a conocerse como la Primera Visión.


Pero todo cambió en el otoño de 1823.

Trate de ponerse usted en el lugar del joven José Smith. Es probable que no alcance entonces a entender las ramificaciones de la experiencia que había tenido, pero sabe que la tuvo y no puede dejar de considerar que algo se espera de usted. Entonces continúa orando y haciendo todo lo que usted cree que debe hacer, pero por algún tiempo no recibe otras respuestas—al menos, nada tan extraordinario como lo que experimentara en el bosque hace apenas tres años, a la edad de catorce. Y no puede menos que preguntarse por qué.

Aunque José Smith estaba convencido de la realidad de su visión, su propio relato histórico denota que le preocupaba haber sido "culpable de levedad, y en ocasiones me asociaba con compañeros joviales... cosa que no correspondía con la conducta que había de guardar uno que había sido llamado por Dios... "Y así comenzó a pensar que quizás su juventud y su natural temperamento jovial eran en cierto modo impropios, y que ésa era la causa del silencio de Dios.

Si usted se sintiera de ese modo, podría tratar de recurrir otra vez al Señor para recibir nuevamente aquella emoción extraordinaria y la certidumbre de Su amor y Su aprobación. Y ésta fue, en efecto, la razón por la que en la noche del 21 de septiembre de 1823 el joven José Smith se dedicó, según su relato, "a orar, pidiéndole a Dios Todopoderoso perdón de todos mis pecados e imprudencias; y también una manifestación para saber de mi condición y posición ante [Dios]."

¿Fue José un tanto presuntuoso al esperar que Dios le concedería una manifestación simplemente por pedírsela? Es probable que sí. Pero tal era la naturaleza de su fe. "[Yo] tenía la más absoluta confianza de obtener una manifestación divina," escribió, "como previamente la había tenido." (JSH 1:28-29.)

Y en efecto, recibió una manifestación, pero no en la forma que la esperaba. Esta vez lo visitó un ser resucitado que dijo llamarse Moroni. Y, en vez de decirle simplemente que todo estaba bien y que Dios aún lo amaba, Moroni le encomendó una tarea.

Le dijo que existía un libro sagrado que había sido grabado en planchas (o láminas) de oro y que contenía la historia de varios grupos de gente que en siglos anteriores habitaron y desarrollaron notables civilizaciones en el continente americano. De acuerdo con Moroni, incluía asimismo "la plenitud del evangelio eterno cual el Salvador lo había comunicado a los antiguos habitantes." (JSH 1:34.)

En realidad, Moroni había sido uno de aquellos "antiguos habitantes", y a él, su propio padre, el último de un extenso linaje de profetas y líderes que preservaron esos anales durante más de mil años, le había encomendado la conservación de los mismos. A pesar de grandes problemas y adversidades, Moroni pudo proteger las planchas de oro y su contenido. Con el tiempo, tuvo la inspiración de esconderlas hasta el día en que Dios, en Su infinita sabiduría, habría de revelarlas otra vez milagrosamente.

Ese día glorioso había llegado. José Smith iba a ser el medio por el que se realizaría—tan pronto como estuviera dispuesto para ello—ese milagro divino.

Moroni visitó a José Smith durante varios años a fin de prepararlo espiritualmente para la tarea de traducir los anales como parte de la restauración del Evangelio de Jesucristo en su plenitud. Usted quizás por lógica se pregunte qué tendrían que ver esos anales con la Restauración.

Probablemente, si supiera un poco más acerca de este libro, comprendería por qué los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lo valoran tanto. No obstante, por favor tenga en cuenta que lo que sigue es sólo un breve análisis de su contenido y que, a fin de apreciar cabalmente el espíritu y significado del Libro de Mormón, será menester que usted lo lea.

El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo lleva el nombre del padre de Moroni. Mormón fue un noble profeta que vivió en el continente americano alrededor del año 400 a. de J.C. y tuvo la responsabilidad de recoger y compilar la documentación que sus páginas contienen.

El Libro de Mormón es un volumen de Escrituras comparable a la Santa Biblia, puesto que constituye un registro de los convenios de Dios con varios grupos de gente que, procedentes de la Tierra Santa, llegaron al continente americano muchos siglos antes del nacimiento de Cristo. Trata principalmente acerca de los descendientes de Lehí, un profeta que salió de Jerusalén alrededor del año 600 a. de J.C., durante el primer reinado de Sedecías, rey de Judá, poco antes de que Babilonia destruyera Jerusalén.

El Libro de Mormón es una interesante combinación de los estilos y modelos del Antiguo y el Nuevo Testamento. Así como la Biblia contiene Escrituras reveladas por medio de líderes espirituales como Moisés, Isaías, David, Mateo, Lucas y Pablo, el Libro de Mormón está compuesto de quince libros o relatos de Escrituras compiladas por hombres tales como Nefi, Alma, Helamán, Mosíah y Éter. El mismo incluye narraciones, historias y experiencias que promueven la fe, relatos acerca del desarrollo y la caída de civilizaciones completas, análisis doctrinarios, testimonios de la divina misión de Jesucristo, el Señor resucitado, y profecías concernientes a la época en que vivimos.

La parte más importante del libro es el impresionante relato sobre la aparición de Jesucristo a un grupo de Sus "otras ovejas" (Juan 10:16) en el continente americano, poco después de Su resurrección en Jerusalén.

El Libro de Mormón está repleto de historias fascinantes.

Difícil sería, por ejemplo, encontrar en otros volúmenes un relato comparable al de la aventura de Ammón, un hombre que trabajaba al servicio de un rey y que, después de defender valientemente los rebaños del monarca, consiguió convertirlo junto con toda su familia a la fe de Cristo y Su Iglesia (Alma 17-19).

Ni podría usted leer algo tan hermoso como la explicación doctrinaria sobre la fe que describe el capítulo 32 de Alma. Y no puede haber una historia tan conmovedora como la que se refiere al ministerio personal de Cristo entre aquella gente, en especial donde Jesús pide que le traigan sus niños pequeñitos, entonces los bendice "uno por uno" y ora por ellos (véase 3 Nefi 17).

Los siguientes breves pasajes de las Escrituras, tomados de diferentes secciones del compendio, demuestran la elocuencia sencilla y el poder del Libro de Mormón:

"Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado." (1 Nefi 3:7.)

"Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados." (2 Nefi 25:26.)

"Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios." (Mosíah 2:17.)

"Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender. Y además, creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios, y pedid con sinceridad de corazón que él os perdone; y ahora bien, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis." (Mosíah 4:9-10.)

"¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios!" (Alma 37:35.)

"Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría.

"Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían." (Alma 56:47-48.)

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no solamente aprecian el Libro de Mormón, sino que también creen que es la palabra de Dios. Ello no descarta su creencia en la Santa Biblia y sus perpetuas e inspiradas enseñanzas. En realidad, ambos volúmenes de Escrituras se complementan y corroboran sus mensajes y su doctrina. Debo también mencionar que los Santos de los Últimos Días aceptan otros dos volúmenes de Escrituras: Doctrina y Convenios, compuesto de las revelaciones recibidas por José Smith y otros presidentes de la Iglesia, y la Perla de Gran Precio, que contiene otras traducciones proféticas y relatos históricos y que incluye la historia autobiográfica de las experiencias que tuvo José Smith y que ya he mencionado anteriormente.

Aquí llegamos a la segunda cosa que usted debiera saber acerca de nuestras Escrituras. Una de las grandes dificultades que muchos cristianos tienen con respecto al Libro de Mormón y otros libros canónicos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tiene que ver con una firme creencia de que la Biblia contiene todas las verdades que necesitamos conocer.

Comprendo su interés y comparto con ellos su fe en la Biblia, pero debo confesarle con toda sinceridad que gracias al Libro de Mormón se ha acrecentado mi amor por el Salvador y mi dedicación al cristianismo, en gran parte porque me ayuda a entender muchas de las preguntas doctrinales que la Biblia deja sin contestar.

Por ejemplo, el Nuevo Testamento deja perfectamente aclarado el hecho de que el bautismo es una ordenanza esencial. Aun Cristo fue bautizado a fin de cumplir "con toda justicia." (Mateo 3:15). Pero parece haber cierta confusión en el mundo cristiano en cuanto a quién necesita ser bautizado. Algunas iglesias enseñan que los niños pequeños nacen en el pecado y que, por lo tanto, necesitan ser bautizados inmediatamente. Otras citan la enseñanza de Cristo con respecto a los niños, "porque de los tales es el reino de los cielos" (Mateo 19:14), y creen que el bautismo es estrictamente una ordenanza para adultos.

No obstante lo inspirada—e inspiradora—que es la Biblia, usted no encontrará en ella una respuesta concluyente sobre este dilema. Pero sí la hallará en el Libro de Mormón.

"He aquí, te digo que esto enseñarás: El arrepentimiento y el bautismo a los que son responsables y capaces de cometer pecado; sí, enseña a los padres que deben arrepentirse y ser bautizados, y humillarse como sus niños pequeños, y se salvarán todos ellos con sus pequeñitos.

"Y sus niños pequeños no necesitan el arrepentimiento, ni tampoco el bautismo. He aquí, el bautismo es para arrepentimiento a fin de cumplir los mandamientos para la remisión de pecados.
"Mas los niños pequeños viven en Cristo, aun desde la fundación del mundo; de no ser así, Dios es un Dios parcial, y también un Dios variable que hace acepción de personas; porque ¡cuántos son los pequeñitos que han muerto sin el bautismo!" (Moroni 8:10-12.)

El tema se aclara aún más en una revelación dada al profeta José Smith la cual se encuentra en Doctrina y Convenios, por cuyo intermedio el Señor indica que los niños deben bautizarse a la edad de ocho años. (Véase D. y C. 68:27.)

¡Qué bendición es poder contar con un entendimiento adicional de la doctrina divina a fin de aumentar nuestro conocimiento acerca de nuestro Padre Celestial y acrecentar así nuestra relación con el Señor!

El bautismo de los niños pequeños es apenas uno de los numerosos temas y asuntos doctrinales que se aclaran en las páginas del Libro de Mormón. ¿Ha pensado usted alguna vez en lo que significa exactamente ser resucitado? Aunque menciona este tema, la Biblia no suministra detalle alguno sobre el particular. Pero Amulek, un profeta del Libro de Mormón, lo explica de esta manera:

"El espíritu y el cuerpo serán reunidos otra vez en su perfecta forma los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma, tal como nos hallamos ahora; y seremos llevados ante Dios, conociendo tal como ahora conocemos, y tendremos un vivo recuerdo de toda nuestra culpa.

"Pues bien, esta restauración vendrá sobre todos," continúa diciendo Amulek, "tanto viejos como jóvenes, esclavos así como libres, varones así como mujeres,, malvados así como justos; y no se perderá ni un solo pelo de su cabeza, sino que todo será restablecido a su perfecta forma... " (Alma 11:33-34.)

Un esclarecimiento similar puede encontrarse concerniente a la caída de Adán (véase 2 Nefi 2), la expiación de Cristo (véase Alma 42), y aun el propio Libro de Mormón, incluso una explicación en cuanto a cómo puede uno saber por sí mismo si el libro es o no la palabra de Dios (véase Moroni 10:3-5).

El Libro de Mormón ofrece una doctrina pura y concisa que no ha sido alterada por filósofos, concilios, consultantes religiosos ni reyes. A diferencia del proceso evolutivo que dio origen a la Biblia, el Libro de Mormón es el resultado de una sola traducción desde que fuera originalmente grabado en planchas de oro hasta que apareció en 1830 como la manifestación en papel y tinta del Evangelio restaurado de Jesucristo.

Y esto es todo lo que necesitamos decir con respecto al Libro de Mormón. Aunque habían pasado más de siete años entre la fecha de la Primera Visión y el momento en que le fueron confiadas las planchas de oro y se le permitió comenzar la tarea de traducir, fue muy relativo lo que cambió en cuanto a la preparación física de José Smith. Todavía continuaba siendo un joven pobre de un rincón del estado de Nueva York, sin mucha educación y un tanto rústico. Aunque le enseñaron ángeles, gran parte de esa educación fue para fortalecer su conocimiento acerca del evangelio y su fe, y para enriquecer su sensibilidad espiritual. La traducción de las planchas de oro—una penosa tarea de dictado y transcripción a mano—no fue el resultado de habilidades y destrezas adquiridas de improviso. Fue, en realidad, algo milagroso—ni más, ni menos.

Dios tomó de la mano a un joven sencillo y fiel y, juntos, transformaron los rasgos de la religión contemporánea.

Más de treinta años después de la muerte de José Smith, su hijo Joseph III entrevistó a Emma, su madre y viuda del Profeta. Emma se había vuelto a casar y no era ya miembro de la Iglesia.

No obstante, habiendo sido uno de los pocos testigos de la traducción en sí del Libro de Mormón, ofreció un testimonio conmovedor.

"José Smith no podía escribir ni dictar siquiera una carta coherente y bien redactada, y menos aún dictar un libro de la naturaleza del Libro de Mormón," le dijo Emma a su hijo, "y aunque yo participaba activamente durante la traducción de las planchas de oro y tuve conocimiento de las cosas que acontecían, es para mí algo asombroso—una obra maravillosa y un prodigio—tanto como para cualquier otra persona.

"Yo creo que el Libro de Mormón es auténticamente divino, y no tengo ninguna duda sobre ello," continuó diciendo. "Estoy segura de que nadie podría haber dictado el contenido de los textos originales sin contar con la inspiración necesaria; cuando ayudaba yo como escribiente, tu padre me dictaba hora tras hora y, al regresar después de comer o al cabo de cualquier interrupción, reasumía el dictado en el preciso lugar donde lo había dejado sin siquiera cotejar el original o pedirme que leyera ninguna porción del dictado anterior.

Así lo hacía siempre. Difícilmente habría podido hacerlo un erudito y, por supuesto, era imposible que lo hubiera hecho una persona tan ignorante y de poca educación como lo era él." (Joseph Smith Letter Books, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 1.)

Otras personas que trabajaron junto al Profeta durante la traducción ofrecieron testimonios semejantes. Las primeras páginas del Libro de Mormón contienen dos de estos testimonios, uno firmado por tres hombres y el otro por ocho, declarando cada uno de ellos haber sido testigos de la divinidad del mismo. Entre dichos testigos hubo algunos que luego se apartaron de la Iglesia, pero aunque no pudieron soportar la persecución de aquellos días o tuvieron diferencia de opiniones con José Smith u otros líderes posteriores de la Iglesia, nunca desmintieron su testimonio de que el Libro de Mormón fue revelado por el don y el poder de Dios.

Las declaraciones de tales testigos son de gran importancia, pero más aún es el testimonio de la veracidad del Libro de Mormón que el Espíritu Santo puede conceder individualmente a todo creyente. Casi al final del libro, Moroni hace esta significativa promesa: "Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas." (Moroni 10:4-5.)

Es precisamente gracias a ese poder que yo he adquirido un profundo y firme testimonio en cuanto al Libro de Mormón. Yo sé que es la palabra de Dios porque lo he leído muchas, muchas veces. He meditado acerca del mismo. He orado y suplicado a Dios que me confirme si es verdadero, y he recibido ese testimonio en la manera que todo hombre y toda mujer puede recibirlo—de la única manera en que se recibe—por medio del poder del Espíritu Santo, que me ha dado la dulce certidumbre de que el Libro de Mormón es verídico. A raíz de haber estudiado el Libro de Mormón y de vivir conforme a sus preceptos, he llegado a conocer mejor al Señor y he aprovechado Sus enseñanzas contenidas en ese libro para fortalecer a mis hijos y a mis nietos.

El apóstol Pablo exhortó a los santos de Tesalónica, diciéndoles: "Examinadlo todo; retened lo bueno." (1 Tesalonicenses 5:21.) Yo creo simple y sinceramente que todo aquel que se disponga a examinar el Libro de Mormón—es decir, a estudiarlo, a reflexionar acerca del mismo y pedirle a Dios que le revele si es verdadero—tendrá el deseo de "retenerlo" porque es, en realidad, la palabra de Dios. Así lo declaró otro noble profeta del Libro de Mormón: "Y si creéis en Cristo, creeréis en estas palabras, porque son las palabras de Cristo, y él me las ha dado; y enseñan a todos los hombres que deben hacer lo bueno." (2 Nefi 33:10.)

El mensaje de Nefi es el punto principal del Libro de Mormón: traer a los hombres a Cristo y enseñarles a "hacer lo bueno." Y, de acuerdo con el profeta Mormón, ésa es una buena indicación de que el libro es digno de nuestro interés y consideración. Mormón escribió lo siguiente:

"Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios.

"Pero cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo, y a no servir a Dios, entonces sabréis, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo obra el diablo, porque él no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan.

"Por tanto, os suplico, hermanos, que busquéis diligentemente en la luz de Cristo, para que podáis discernir el bien del mal; y si os aferráis a todo lo bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo." (Moroni 7:16-17,19.)

Este es un buen consejo de las Escrituras—para la antigüedad, para la actualidad y para siempre.

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